¿A qué sabe la vida? A mi me sabe a melacolía y a lágrimas dulces.. A tristeza y a alegría.. a ira húmeda a felicidad extrema. Me sabe a soledad y me sabe a amor. Me sabe a ti, a mi, a todos. Me sabe a aire, a agua y azúcar. La vida sabe a besos, sexo y saliva. TIene sabor a canela y café, pero el verdadero sabor es el de la esencia de los demás.

Saturday, January 15, 2005

"Me robaron el sueño"

Se me fue el sueño. Mi fiel compañero, mi amante por las noches, mi arrullo eterno me ha dejado. Simplemente desperté y ya no estaba, ya no regresó. Un día me confesó que quizá se iría a las montañas, y atraparía a las flores para verlas dormir. Dijo que ellas, con su delicada belleza, lo envolverían en una atmósfera cálida y sutil, que sería una especie de ensueño, donde reposaría en paz. Pero también dijo que extrañaría la manera en que me hacía dormir, en que me hacía cerrar los ojos y sonreír, antes de llevarme tomado de mi mano al mundo de los sueños.

Empecé a sentir que me traicionaba, algunas veces me abandonaba y otras por mucho tiempo se quedaba. Tal vez no parezca algo de qué preocuparse, porque bien sabemos que el sueño es medio gañán, pero por mi parte siempre procuré entregarme entera a él, deseando ser correspondida, aunque pareció no importarle. El muy cínico me empezó a hablar de volar, de volar lejos de aquí, de procurarse un refugio el cual pudiera habitar, cuando mi mente y mi cuerpo no lo invocaran sobre mí.

A veces pienso que fue mi culpa, pues lo maldecía a tempranas horas, y lo odiaba cuando aun tenía muchas cosas que hacer tarde por la noche. Intentaba distraerlo con unas cuantas tazas de café, o bien, con métodos más drásticos, pero nunca se dejó engañar, me conocía tan bien. Casi tan bien como mi sombra, y ahora que lo menciono, casi estoy segura de que ella conspiró contra mi.

Es tan envidiosa, egoísta y malencarada, que no me queda duda de lo que ocurrió. Le gustaba contar chismes sobre mí, hablar mal a mis espaldas, y eso que era mi confidente. Sin embargo, aprendí a no confiar, ni siquiera en las personas más cercanas, he ahí el por qué procuraba las noches, la oscuridad absoluta, ningún destello de luz. En aquellas ocasiones, ella se veía forzada a largarse, e indignada se ocultaba en cualquier otra sombra, a llorar sus penas y consolarse. Nunca supe en realidad a dónde iba –ni me interesaba- tal vez al hogar que le brindaba una farola sobre el pavimento. Pero un día sencillamente no se retiró, pudo más su orgullo que mis órdenes, y estuvo sostenida sobre la nada observándome. Y nos vio juntos: al sueño y a mi; su morbosa curiosidad le impidió dejar de mirarme fijamente, maquinando desleales proyectos en contra mía.

Es que siempre ha estado celosa, siempre le ha molestado el hecho de tener que estar detrás de mí, de que yo sí pueda tocar con mis dedos y mi alma a alguien más, y ella sólo sea capaz de danzar, bailar entre formas oscuras perdiendo su identidad.
Quería tener todo lo que yo poseía, y entonces fue donde la idea tomó forma: alejaría al sueño de mí, me quitaría lo único que por momentos me hacía olvidar, me hacía sentir plena y feliz. Lo engatusaría hasta conseguir lo que de él deseaba, y en gran manera no se le puede culpar, es lo que frecuentemente hacemos las mujeres cuando en verdad nos proponemos alcanzar algo.
Pero no se detuvo ahí, sabía que no tenía la suficiente fuerza, así que también inmiscuyó a mi reflejo. Intentó de mil formas pasar a través del espejo, y finalmente lo logró, aunque mucho trabajo le costó convencerla. Mi reflejo es muy tímida, debo decirlo, y por lo general se escondía en los bordes del marco, hasta que yo al acercarme al espejo la obligara a salir a admirarme. Yo la veía como una persona extraña, no la conocía, pues ella sólo aparentaba: se notaba en su mirada, en su risa y en sus movimientos, no dejaba que nadie penetrara en su interior. Era fría y solitaria, así que cuando mi sombra fue a verla, ella se mostró renuente. Sin embargo, pronto cambió de opinión. Algunas veces cuando lloraba frente al espejo, se alegraba de ver las lágrimas descender, de observar como mis ojos se iban abultando, como mi frente enrojecida volteaba al piso, antes de el sueño con sus compasivas caricias me tomara en su brazos y me hiciera dormir. Era cuando ella podía levantar su cara y mirar altiva a su alrededor, pues yo había caído, y de no ser por el sueño que siempre terminaba curando mi alma, ella hubiera salido del espejo y me hubiera suplantado. Pero tampoco era muy fuerte, así que la única manera de hacerlo era ayudando a la sombra.

¿Cómo no pude darme cuenta de lo que sucedía? No sé, creo haber escuchado en ocasiones, pero no acostumbro a prestar atención; todo se me olvida y todo se me confunde, hasta que llega la hora de estar con el sueño.
Lo que sí es que nunca sabré qué hicieron de él, en que momento se lo llevaron, cómo lo convencieron, si él me juraba amor eterno. Me lo robaron, me dejó, no sé. A lo mejor ellas sólo fueron el pretexto para escapar de mí. Pero nada es eterno, ni siquiera la eternidad.

Ahora volteo al espejo y es sólo cristal, no estoy yo, no está ella. Camino entre la gente, todos los días esperando a ver a mi sombra, pero ella tampoco está. No me importa, ya nada me importa, al menos las formas grotescas que aparecían ya no estarán, ya no me perseguirán. Ahora sólo soy yo, yo y yo, nadie más puede verme. No tiene caso salir, no estoy tranquila, y sólo puedo seguir aquí en mi cama esperando que vuelva.
¿Dónde estará? Vivir sin él no puedo, así que gota por gota decidí terminar en el olvido. Cuando menos un consuelo me queda: saber qué han hecho de mí.
Pues de mí han hecho un fantasma. Hoy estoy muerta.

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